Ayer hablé con un amiga muy especial y entendí algo que a veces uno no quiere aceptar: cuando no nos amamos, comenzamos a caminar en círculos que parecen líneas rectas.
Nos entregamos más de lo que debemos, nos doblamos hasta rompernos y terminamos recogiendo migajas de alguien que nunca vio la luz que teníamos adentro.
Y sigues ahí… sosteniendo un hilo que ya no sostiene nada, esperando que una palabra tibia cure un vacío que ya conoce el frío.
Te vuelves vulnerable sin darte cuenta, porque buscas en otros un reflejo que has evitado ver en ti misma.
Y cuando llega el momento de elegir… no sabes qué camino tomar. Porque a veces la preparación no existe, solo existe el miedo.
Entonces la vida te enseña un ritmo curioso: aguantas, aguantas, aguantas… hasta que el golpe se repite lo suficiente para que el agua suba.
Un golpe, dos, Tres y sin notarlo, el vaso se va llenando. Hasta que un día—simplemente—se derrama. Y ese derrame no es tragedia: es revelación.
Porque ahí, cuando ya no cabe ni una gota más de culpa o silencio, despiertas, no con gritos, sino con claridad.
Ahí descubres que no era amor, era costumbre. Que no era presencia, eran sobras.
Que no era destino, era un espejo roto al que te aferrabas. Y entiendes que el amor propio tiene su propio idioma: abstracto, espiralado, profundo.
Te gira hacia ti, te recoge, te enciende y lo que se derrama afuera es exactamente lo que empieza a llenarte por dentro.