A veces la vida nos regala ciertas amigas no por casualidad, sino porque las necesitamos para desahogarnos, respirar y no sentirnos solas.
Amigas con las que podemos hablar sin máscaras,
decir lo que duele, lo que cansa, lo que nadie más entiende.
Amigas con las que podemos hablar de cosas reales,
de lo que vivimos como mujeres: emociones, pérdidas, dudas, procesos, fuerza y fragilidad.
Tener un círculo así no es un lujo,
es una forma de sanar acompañadas.
Porque entre nosotras nos sostenemos,
nos escuchamos sin juzgar y nos recordamos
quiénes somos cuando se nos olvida.
Que nunca nos falten amigas que abracen el alma
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