Mi pueblito es una pausa que el tiempo no logró borrar. Vive entre montañas donde la neblina aprende a quedarse, como se quedan los recuerdos que más nos formaron.
Allí crecí sin saber que estaba guardando mis mejores años. La adolescencia pasó como el frío de la madrugada: llegó sin avisar, me despertó el alma y dejó su marca.
Las mañanas tenían aroma, un olor profundo, a tierra húmeda y cafetales, a granos recién despertando al sol.
Tan cerca de aquí nació mi pasión por el café, no como costumbre, sino como herencia: una forma de sentir, de esperar, de compartir el tiempo.
El Gigante Dormido observaba en silencio, cuidando los sueños desde lo alto, mientras el viento corría libre y nosotros también, creyendo que la vida siempre sería así de sencilla.
Las madrugadas eran frías, el pueblo despertaba despacio y cada sorbo de café era un pequeño refugio.
Había alegría en lo simple, calor en la gente, y belleza en no tener prisa.
Hoy ya no camino sus calles todos los días, pero cada vez que voy me siento más cerca de mis raíces, como si la tierra me reconociera por el aroma y no por el nombre.
Porque hay lugares que no se abandonan: se convierten en raíz, en memoria viva, en pasión que nace sin fecha ni despedida.