Trataba de dar lo poquito que yo tenía. Y de ese poquito, quería dárselo a los demás.
Era como si necesitara vivir el sufrimiento junto a esa persona para sentirme aceptada, para sentir que pertenecía, para sentir que valía.
Intentaba entregar la poca autoestima que tenía, repartirla entre otros, como si yo no la necesitara. Y me quedaba yo sin nada.
Me vaciaba lentamente, me apagaba. Y entonces pasaba algo duro: me miraba al espejo y sentía que había envejecido treinta años.
No por el tiempo sino por el peso de todo lo que cargue sin cuidarme.
No entendía qué me estaba pasando hasta que un día abrí los ojos y comprendí algo doloroso y liberador: me estaba perdiendo a mí por tratar de salvar a todos.
Ese fue el comienzo. Aprender a dejar de vaciarme. Aprender a no dar lo que no tenía. Aprender que no necesito sufrir para merecer amor.