Cuántas veces llegué a este lugar buscando refugio.
No era un destino cualquiera, era un llamado silencioso del alma.
Me detenía allí, rodeada de campo y montaña, y cerraba los ojos.
No para desconectarme, sino para encontrarme con Dios.
Era como si ese paisaje —la tierra abierta, la amplitud, el cielo sosteniéndolo todo— fuera el espacio exacto donde Él me esperaba.
No siempre había palabras.
A veces solo respiraba.
A veces solo sentía.
Y aun así, sabía que estaba siendo escuchada.
Ese lugar fue oración viva.
Fue sostén en momentos de fragilidad.
Fue refugio cuando el corazón necesitaba descanso.
Hoy me conmueve ver cómo la tecnología ha avanzado tanto que puedo recrear aquella imagen que tantas veces me sostuvo.
Esa escena que guardé dentro de mí, hoy puede volver a tomar forma ante mis ojos.
No como algo nuevo, sino como un recordatorio: de que todo lo que me sostuvo entonces sigue siendo parte de mí ahora.
Renacer, a veces, es volver al mismo lugar con el alma más despierta y el corazón agradecido.
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