Las estrellas faltan incluso cuando están.
El sol pesa cuando la lluvia cae sin prisa.
La luz atraviesa, pero no termina de quedarse.
La sombra cubre, pero no logra apagar.
El horizonte no divide: suspende.
El cielo no anuncia: permanece.
Nada desaparece por completo.
Nada llega del todo.
Todo se desplaza, se atenúa,
se transforma en capas.
El clima cambia.
El paisaje también.
Pero el fondo no se altera.
Y aun así, nada concluye.
Solo cambia de forma,
de ritmo, de profundidad.
Lo que sigue no es un cierre.
Es otra capa.
Porque esto —claramente— no es el final.
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