Por mucho tiempo no entendía de dónde venía la creatividad.
Pensaba que era cosa de unos pocos, de los que “nacieron con talento”. Pero ahora sé que muchas veces no florece porque vivimos adormecidos en la zona de confort. Repitiendo lo aprendido, complaciendo a otros, viviendo para otros.
Hasta que un día dije: “Estoy cansada de conformarme. Señor, dame creatividad.” Y algo se encendió dentro de mí.
Pero descubrí algo más. La creatividad no despierta mientras vives para agradar a alguien más. Despierta cuando te reconoces, cuando entiendes que naciste solo y morirás solo, y que en ese trayecto tu alma tiene un propósito que no depende de nadie más.
Ahí comprendes lo importante que eres. Porque incluso la Palabra lo dice: “Ama a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo.” Y muchos olvidan esa última parte: “como a ti mismo.”
No dice “ámalo primero”. Dice que el amor al otro nace del amor que te das tú. Desde que entendí eso, no he parado de crear, de amar, de ser.
Porque cuando te das tu lugar, Dios te muestra lo que puso dentro de ti: talento, propósito y luz.
No temas despertar. No temas crear. Fuiste hecho para brillar.