Lo sueñan. En su hondura se quedan a vivir las preguntas que no encontraron voz, las plegarias que se dijeron hacia adentro, la luz que nació justo después del quiebre.
Un ojo es memoria líquida. Es un altar diminuto donde el alma deja encendida su verdad cuando el cuerpo ya no puede explicarse. Este ojo no observa, custodia.
Custodia cada caída que enseñó a levantarse, cada silencio que salvó, cada renacer que ocurrió sin aplausos.
Porque el alma no grita su historia. La susurra. Y a veces, solo a veces, se atreve a asomarse por la transparencia de una mirada.