Poner límites no es ser mala, no es alejarse por orgullo. No es dejar de amar. Poner límites es un acto de respeto. Es decir: “Esto me duele”, “Esto no lo acepto”, “Esto no me hace bien”.
Los límites no son paredes, son puertas que se abren solo para lo que merece entrar.
Son una forma de cuidarme, de no abandonarme por complacer, de no callarme para evitar conflicto.
Aprendo a decir que no sin sentir culpa.
Aprendo a elegir mi paz sin explicarme demasiado. Porque quien me ama, no se ofende por mis límites, los entiende.
Los honra, los respeta y si alguien se va, porque por fin aprendí a ponerlos, entonces no se fue por mis límites, se fue porque antes podía cruzarlos.