Desde el inicio, las señales se desplegaban como constelaciones frente a su camino… pero ella eligió no mirarlas.
No por ignorancia, sino por esperanza. Hasta que el alma, cansada de sus propios silencios, decidió hablar a través del dolor.
Entonces comprendió: no existe amor donde el respeto se ausenta, ni sanación en quien se aferra a su propia herida.
Y en ese quiebre sagrado, ella dejó de buscar afuera
lo que siempre debió sostener dentro.
Desde entonces, no volvió a ser la misma… ahora camina más consciente de su luz.
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